El Caso, crónica revitalizada de sucesos

Decir que la ficción española se está empezando a poner las pilas es algo ya demasiado repetido desde que se estrenaran Bajo sospecha, Sin identidad, El Ministerio del Tiempo o Vis a vis. Seguramente muchos incluirán aquí a El Príncipe o a Veltet. Quien esto escribe, como no ha visto nada de esas dos ficciones, no las nombra.

Con El Caso, crónica de sucesos, TVE parece seguir apostando por esa línea de renovación, de ruptura con las series soporíferamente blancas y familiares, y con la búsqueda de cierta originalidad y calidad. Esas cosas que parecen no tener importancia pero que lo son todo, como decidir qué iluminación, qué ambientación y qué vestuario son los que van a regir en el producto. Y que TVE lleva ya un tiempo decidiendo excelente y acertadamente, como por ejemplo, otra vez, en El Ministerio del Tiempo o en Seis Hermanas. Así que el martes por la noche nos plantamos, (móvil en mano, ojo de nuevo a esto), delante de la televisión dispuestos a ver qué se nos ofrecía a partir de las 22.15 horas; y aquello que se nos ofrecía, era una crónica, una crónica revitalizada y cuidada de sucesos.

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Vaya por delante que tengo una especial debilidad por las cabeceras de las series, desde siempre. Esa sucesión de imágenes rápidas, con sintonía y títulos de crédito me pone. Los preliminares siempre son importantes para calentar hacia el clímax final, y en el caso de El caso, lo consigue; consigue caldearme mi propio ambiente, mi propia cabeza, y predisponerme. Aunque todavía no he encontrado ninguna cabecera que me impacte tanto como en su momento lo hiciera la de True Blood.

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El director del periódico en la ficción, interpretado por un más que creíble Fernando Cayo, tiene ya desde el primer capítulo su propia coletilla. Todos los personajes están bien distinguidos e identificados desde el principio, y la trama se presenta con la llegada de Clara López, una periodista recién llegada de Londres, hija de alto cargo político español, que tiene que pelear por ser considerada y respetada como mujer profesional en una España franquista que, como ella misma le dice a su jefe, todavía estaba en las cavernas. Me gusta ver a Verónica Sánchez interpretando a esa periodista, y me gusta ver a actores que conozco y reconozco, como Natalia Verbeke o Fernando Guillén Cuervo (que fue, por cierto, quien tuvo la idea original de la serie), y creérmelos en sus papeles, no relacionarlos ni encasillarlos con trabajos anteriores. Que sí, que para la inmensa mayoría Verónica Sánchez siempre será la novia de Fran Perea en Los Serrano (¡Ay!), pero como yo nunca vi más cinco minutos de aquella serie, estoy límpida y virginal ante eso. La actriz me suena, pero no la he encasillado en nada. Y menos en Los Serrano.

Me gusta la estrategia transmedia que su equipo ha adoptado, como el juego de personalizar carnets de prensa para los seguidores de la serie, o de crear portadas del semanario referenciando “noticias” de otras series de la cadena, como la de Irene Larra infectada por la gripe española, o la de los rumores que sobre Celia y Aurora empiezan a correr por Arganzuela. Ha quedado más que comprobado que en la audiencia social y en la interacción con los seguidores en la web y en las redes sociales está el futuro (¿el futuro? ¡el presente!) y se han montado con humor y estilo en ese caballo.

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Me gusta además, que la productora Paso a Paso y RTVE hayan decidido crear y emitir una serie que cuente lo negro y luctuoso de una época española en la que todo eso pretendía esconderse; porque nada malo ocurría, porque nada ni nadie se desviaba del camino claro y recto marcado por la moral de la dictadura. Y sólo aquel semanario, que siguió saliendo a la calle hasta 1997 (yo compré algún ejemplar, lo recuerdo, en la papelería Nuri, en mi pueblo, también hoy cerrada como el periódico), intentaba sacar a la luz y relatar, como una verdad más de la realidad española, a golpe de contactos, cigarrillos, copazos de coñac y horas de taxi o de dejarse las yemas de los dedos en máquinas de escribir. Este país tiene todavía demasiados temas tabú que, tratados con el humor y el estilo necesarios (por ejemplo, ese estilo viñetesco pero clásico que se le ha dado a El Caso) serían fuente inagotable para productos de ficción de una calidad y una “chicha” enormes. Me gusta que, como se hace en otras series, haya guiños y referencias a un pasado no muy lejano, me gusta que cada guiño sea reconocible por un sector concreto de la audiencia, por diferentes motivos, y me gusta que se quiera seguir dando pasos en avanzar y cambiar la forma de contar historias. Vamos, que sí que me gustó El caso, sí que seguiré viéndola y a quien me pregunte, sí que la recomiendo.

* Bonus extra: Seguro que no fui la única que al ver a Aníbal, el encargado de las rarezas en el periódico, pensó enseguida en Spencer Reid, de Mentes criminales, ¿verdad?

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