Museo San Isidro. 180º de pura poesía al aire libre en Orihuela.

Dedico este artículo:

A quienes bebieron de tu escarcha,

a quienes beben,

a quienes beberán.

Y a los artistas de estas obras.

Amigos, hoy cosecho cebollas en vuestro nombre.


Del atrevido desconocimiento al excitante descubrimiento.

La magnificencia de los lugares no se debe a la belleza de sus construcciones sino a la grandeza de la intención y el empeño de sus creadores y creadoras, el respeto de los habitantes que cohabitan y velan la obra y la fiel transitoriedad de los visitantes que provocan al olvido y participan de la dicha del presente.

El Museo Murales San Isidro al aire libre es uno de esos lugares que por tener a golpe de coche crees que no merecen la pena, tópico y típico, los de allí quieren lo de los de aquí, y los de aquí quieren lo de allá. Y así. Vamos, que si no coges un avión, tres autobuses, un metro, un tranvía y un taxi parece que no te ha merecido la pena el viaje. Pero sí, los cortos 33 kilómetros y medio que hay entre mi casa y el alma de la poesía de Hérnandez hecha pintura, merecen la pena, la alegría, el tiempo, el hambre y las escaleras porque recorrer las calles del barrio de San Isidro entre tanta poesía, honestidad, creatividad, color y discurso es un puto privilegio -perdón por lo de puto, caballeros-.


“No hay extensión más grande que mi herida, 
lloro mi desventura y sus conjuntos 
y siento más tu muerte que mi vida”.

Yo empecé a leer a los grandes nada más entrar en educación primaria -y gracias a una magnífica profesora de castellano que se merece este espacio-. De la producción de todos los grandes, Nanas de la cebolla fue el primer poema que leí, el que me enseñó a admirar la belleza que había oculta en la tristeza después de entender, con mis delicados seis años, que algo muy gordo estaba ocurriendo en el mundo para que un niño tuviese que alimentarse “con sangre de cebolla”. Aquel poema cambió mi vida -un segundo de cortesía para la lágrima que se escapa nostálgica por mi lagrimal-. Sí, cambió mi vida. Supongo que ese momento, en aquella clase soleada de infancia, fue el que me motivó a escribir sobre mis propias cebollas, mi propia escarcha o mi propio hielo negro.

Miguel Hernández, no es uno más, es el primero, y bueno, ya sabes esa movida -de mierda- sobre el primer amor. Así que, por este motivo, hoy no podía quedarme en casa sentada -o corriendo en el trabajo- sin compartir esto contigo -con vosotros-.


Fachadas, paredes, muros y tapias; en el Museo Murales San Isidro al aire libre las casas de los vecinos sirven de lienzo para que suceda la magia. A pie de montaña, el recorrido de este tipo de museo convierte la visita en un viaje a través del tiempo en el que la tierra que abona el paisaje y la poesía que se levanta sobre él nos dando una gran lección de humildad necesaria para abrazar la producción, el recuerdo y la memoria del poeta.

El Rayo que no cesa, Paco de Lucía, la república, las mujeres de la vida de Miguel Hernández; Josefina Manresa, María Zambrano o Maruja Mallo;  las tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de vida… La producción de Miguel Hernández es amplia y su legado, intenso, impregna todos y cada uno de los rincones del barrio de San Isidro.

Aprovechando la ocasión, quería compartir con vosotros una fotografía que hice en 2012 en una manifestación en Valencia con motivo de los recortes en educación y que recordé de forma inmediata cuando tropecé con este muro durante mi recorrido por el barrio de San Isidro.

Querido Miguel, allá donde fluya tu energía:

Gracias por despertarme con tan solo seis años. Gracias por hacerme libre -a cada verso un poco más-. Gracias por la escarcha que cubre mis ojos y mis labios desde la primera vez que leí tus costillas. Y gracias por amamantar mi alma con versos que dolían y que necesario era que así fuesen.


“Tu risa me hace libre, 
me pone alas. 
Soledades me quita, 
cárcel me arranca. 
Boca que vuela, 
corazón que en tus labios 
relampaguea”.

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