“HIMYM”: la serie, la vida.

Sí, tuvo un par de temporadas de relleno. Sí, el planteamiento inicial no era el más original. Sí, a veces los capítulos eran aburridos. Sí, el final estaba absolutamente fuera de lugar. No, no puedo estar de acuerdo en que los personajes fuesen planos. Sí, era demasiado parecida a “Friends”. Pero tengo otras razones para creer que “Cómo conocí a vuestra madre” ha sido LA SERIE. No por calidad, originalidad, ingenio o ruptura de moldes, sino porque “CCAVM” (o “HIMYM” si lo preferís) es la vida.

Me explico: mediante situaciones llevadas al absurdo, bromas privadas y referencias a cultura pop, “HIMYM” ha reflejado tal cual es, en general y en la actualidad, esa etapa de la vida en la que la adultez nos persigue y nosotros avanzamos intentando huir pero sintiendo, a la vez, y poco a poco con más fuerza, la necesidad de sucumbir a ella, con sus problemas y sus dulzuras, como forma de alcanzar metas y proyectos. La capacidad de crear subtramas, bromas privadas que entendían los personajes y por extensión el espectador y hacerlo (ésta vez sí) con retranca y originalidad, eso no se le puede negar a Ted Mosby y su pandilla.

El incidente de la cabra, la piña misteriosa, la calabaza putilla, los vaivenes laborales de Marshall, la exagerada personalidad de Barney, la evolución de Lilly o el pasado como cantante pop adolescente de Robin son grandiosas metáforas de las frustraciones que todos arrastramos, de las decisiones propias que nos hacen sentir vergüenza y ternura a la par, y de los tumbos que todos hemos dado, damos, y hemos de dar, en un viaje hacia una supuesta adultez cumbre que en realidad nunca llega definitivamente.

Con un humor algo menos blanco e inocente que el que nos hizo reír durante diez temporadas seguidas en “Friends” (con la que será eternamente comparada) pero sin los desfases propios de otras series más transgresoras, durante nueve temporadas todo el equipo de la producción retorció la realidad más cotidiana y llana para hacer comedia de ella y para conseguir que, a pesar de la decepción que para casi todos supuso su final, se le recuerde con cariño y nos veamos reflejados en ese libro de jugadas, esa apuesta eterna de las bofetadas, en las intervenciones con las que mutuamente se llevaban unos a otros de nuevo al redil o los continuas flashbacks con los que conseguían que conociéramos aún más a Ted, Robin, Marshall, Lily y Barney gracias a sus etapas en la universidad o en su infancia.

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