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Una última cena - Haltermag.com

Una última cena

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Una conversación vía whatsapp me hizo recordar hace pocos días un tema recurrente en mi cabeza; de estas ideas tontas que en algún momento se te inoculan en la cabeza, no consigues nunca resolver y tampoco olvidar, y ahí están de nuevo, de vez en cuando, convirtiéndose en un filón de reflexión vital partiendo del tema más tontorrón del mundo. A lo que voy, poneos en situación conmigo: estáis en el corredor de la muerte. Algún tipo de crimen bastante grave habéis cometido en algún lugar del mundo donde la pena capital sigue vigente, estáis condenados y mañana es vuestro turno para dejar el mundo de los vivos. En ésas que os vienen con la siguiente cuestión, «¿qué deseas tomar en tu última cena?». Ostras. Personalmente, eso me pondría muy nerviosa. No es baladí, te están preguntando qué sabores vas a elegir degustar por última vez. Vas a ejercer por última vez esa libertad tan jodida y exigente, como es la de decidir. Escojas lo que escojas, tendrás que dejar fuera aromas y texturas que, probablemente te apetecería probar también, pero no va a poder ser.

¿Qué haríais? Habría varias opciones a elegir; se podría recurrir a los sabores tradicionales, a las comidas a las que estáis acostumbrados, aquellas que marcaron vuestra infancia o algún momento de vuestra vida. Una última «Madalena de Proust» que, además de deleitaros el paladar, os reconforte por momentos el alma en una noche tan jodida como ésa. Algún bocadillo en especial, una tortilla de patatas, alguna sopa, una confitura en concreto, algún arroz elaborado y un postre bien casero y contundente estarían, seguro, entre esos platos elegidos. La otra opción, sería hacer un from lost to the river (para lo que me queda en el convento…) y pedirse un banquete de sabores exóticos que siempre quisiste pero nunca (o pocas veces) te atreviste a probar. Un último homenaje al espíritu aventurero y explorador que, en mayor o menor medida, todo ser humano lleva dentro. Ahí ya no sé decir qué entrearía, cada uno que piense qué platos y bebidas le resultarían más exóticos. Una apuesta arriesgada para la última noche en la Tierra, que podría llevaros a pasarla con algún tipo de indigestión, pero, eh, la descarga de emocionante y placentera adrenalina la recibiríais de forma segura, y gratuita. Para pensárselo. ¿Y la cantidad? ¿Mejor atracarse de un par de platos en concreto y dormirse con esa contradicoriamente placentera y molesta sensación de coma digestivo? ¿O elegir un menú degustación de pequeños platos? Como diríamos en mi familia, «cenar de gusticos».

Dos formas diferentes de pasar masticando una última noche vivos. Una duda absurda que podría dividir a toda la humanidad en dos o más frentes, que demostraría de forma definitiva nuestra actitud vital y que marcaría las últimas horas que nos queden de vida, dejando un tipo u otro de rastro en nuestro paladar y en nuestra memoria.

Yo tengo claro que preferiría el recogimiento y la suavidad que a un alma bastante atormentada, por el pánico que siento ante la idea de la muerte, como la mía, le entregaría un menú «de gusticos», de recorrido por una memoria que dulcificara la situación. Y creo que acabo de decidirlo: aceitunas en sosa y pistachos. Tortilla de patata y ensaladilla rusa (al estilo de mi madre, obvio). Chuletitas de cordero a la brasa, bien tostaditas y bien cargadas de romero. Una tabla de quesos contundentes. Pan de hogaza tostado con aceite y sal. Vino tinto, un melocotón amarillo maduro, y unas natillas caseras con su galleta maría de fondo. Y, realmente, podría morir en paz.

*Bonus extra: aquí os dejo este interesante listado de películas de cocina poco conocidas que, si eres amante del cine y de la gastronomía, has de ver.

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