“Kiki, el amor se hace” y Paco León sabe cómo

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Paco León ha estrenado su tercera película Kiki, el amor se hace y, ¡joder! (¿se me permite decir tacos?) lo ha vuelto a hacer, sí, ha vuelto a conseguir colarse en mi bolsillo (y en el de todos) y definitivamente me tiene enamorada, como la canción de Pedrina y Rio que forma parte de la banda sonora del film.

Fresca, ligera, divertida y muy colorida, la comedia erótica-festiva del señor León se aleja de la línea familiar de las dos anteriores (Carmina o revienta y Carmina y amén) pero mantiene la esencia del andaluz que con esta, su tercera obra, demuestra un claro estilo cinematográfico que tiende a las características propias del género documental y, que aunque en esta película no se refleja tanto a través de la dirección de fotografía, sí lo hace mediante los diálogos que se establecen entre los personajes; escenas como la de Paco, Ana y Belén tras la llegada de una desolada Belén a casa de Paco nos recuerdan a escenas como la de las vecinas de Carmina en el velatorio de su marido en Carmina y Amén o a la mesa de la secuencia de Carmina o Revienta desde la que la propia Carmina relata todo su periplo.

Y es que Paco es una mesa que delimita las fronteras entre los personajes invitándolos a desarrollarse en torno a ellas mediante diálogos sencillos, apenas preparados, fruto de esa especie de improvisación que le caracteriza.

Paco León

Sin pelos en la lengua, Kiki, el amor se hace no es una película porno, ¡tranquilos! podéis ir al cine, habéis visto cosas más fuertes; yo lo sé, vosotros lo sabéis, todos lo sabemos.

Al contrario de lo que parece Kiki, el amor se hace es una película que a través de su línea argumental nos ayuda a comprender los aspectos menos usuales que se derivan del acto sexual y de lo que ello conlleva, en este caso, algunas de las más extrañas o desconocidas parafilias sexuales como son la harpaxofilia (placer al ser robado), la dendrofilia (atracción sexual hacia los árboles o las plantas) o la elifilia (obsesión por determinados tejidos) ¿Y cómo lo hace? Pues lo hace a través del lenguaje propio de la comedia, procurando así un éxito seguro al film que lo corroboran las risas que se escuchan en la sala de cine de forma constante.

Kiki te hace reír pero también te hace pensar, al menos a mí, y es que durante una escena de la película se me pasó por la cabeza la siguiente pregunta: “¿Qué estaría pensando de esto si Paco no nos lo hubiese presentado así?” lo que me suscitó un interés real que quizá alguno de vosotros como lectores -y espectadores- podríais ayudarme a responder. ¿Significa esto que Kiki, el amor se hace es una película transgresora?, yo diría que no, que no lo es, su forma amable de presentar cada una de las subtramas hace que el mensaje de la película no sea trasgredir sino entretener y fomentar el hablar de relaciones sexuales, cosa que al menos sí consigue en primera instancia por lo que pude apreciar antes de entrar a la sala del cine y a la salida de esta.

Mis tres aspectos favoritos de este largometraje son: la secuencia inicial de la película; rápida, salvaje y jodidamente tropical, presenta al elenco de actores y resume a través de graciosos collages el tema principal de la película. La banda sonora, que fomenta a través de sus temas la jugosidad de las escenas conduciéndote a un estado festivo en el que te mantienes horas y horas después de ver la película y que te reta a bailar todo el tiempo. La estética, su paleta variada de colores llamativos te hace salivar en todo momento y, por último (y sí, ya sé que había dicho tres), el pedazo de elenco de actores y actrices que hacen de Kiki un escenario de profesionales que durante el largometraje dan lo mejor de sí de una forma tan creíble y sincera que deja con la boca abierta a cualquiera, porque no sé vosotros pero yo salí del cine con ganas de comerme a “kikis” a todos.

En resumen, debéis ir al cine sí o sí a ver esta película porque “si quieres kiki, súbelo, súbelo”.

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