¿Trapos? ¿Qué trapos?

Pon tu cabeza ahí.

En serio, ¿para qué nos vestimos? Más allá de los motivos funcionales, que son obvios, ¿qué nos aporta la ropa? ¿Estatus, amor propio, sex appeal, comodidad?

Tengo la respuesta, no os pongáis nerviosos. Los trapos nos aportan molamiento. Punto pelota.

Molamiento propio o ajeno. Que te vistes para molar es un hecho. Que te quieras molar a ti mismo o a tu vecina del quinto, no tiene nada que ver.

Has notado que cuando sabes que molas llevas la cabeza más alta, la espalda más recta y el mundo por montera (que es una expresión que me gusta mucho). Y además sabes perfectamente qué es lo que llevas puesto cuando molas. La pregunta clave es, ¿por qué no llevas eso todos los días? En serio, hazte un favor, viste bien a diario. No cuesta tanto. Ni en euros ni en tiempo. Que sí, que hay mañanas que se te hacen cuesta arriba, y como no tienes un trabajo tan guay como el mío, te da toda la pereza salir de casa y enfrentarte al mundo. ¿Pero sabes qué? Que cuando vas bien vestido todo es más fácil. Palabrita del niño Jesús.

Piénsalo, cuando bordaste aquella entrevista de trabajo, ¿llevabas unos vaqueros reventados y una camiseta de Enjuto Mojamuto? Nein. A no ser que seas diseñador gráfico, en cuyo caso deberías irte de aquí, pero para no volver. Vago.

Cuando la vecina del quinto te sonrió con mirada felina, ¿llevabas aquella camisa de manga corta con piñas que te regalaron tus colegas por tus 25? Nien. A no ser que seas DJ de Nu Disco, en cuyo caso te perdono y te doy un beso en la frente.

Saca tus propias conclusiones bandido, pero yo lo tengo bien claro. Si, ESOS trapos.

Lo que estoy escuchando hoy.

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