Marzo

Hace un par de años le leí a un periodista valenciano (no recuerdo cuál, lo siento), una de las frases más certeramente descriptivas que han pasado por mis ojos: «ya está aquí la luz dorada de marzo, que lo filtra todo». Esto, claro, aplicado a la terreta. La nostalgia en nuestra cabeza, también tiene esa luz dorada que todo lo recubre con una pátina entre vieja y edulcorada. Puede que tenga ese cariz amarillento y gastado más, incluso, que el recurrente pasado en blanco y negro. Y, a veces, la luz dorada de marzo, cuando llega, puede servir para definir la melancolía, o la ilusión por los días que se alargan, mientras los pajaritos cantan y las nubes se levantan. Por algo en Instagram, hay un filtro que se llama precisamente así, «Valencia». Poco se habla de eso.

marzo

Por aquí marzo llega con cambios, con ese extraño cambio que supone volver al nido y a los recuerdos para coger impulso, pero sin tener, ni sentir, la manida necesidad de encontrarse con uno mismo, ni con fantasmas o ilusiones del pasado… ni versos ni estribillos por el estilo. Así que paseando a la perra me doy de bruces con esa valla metálica. A mi abuelo materno no le conocí, del paterno, guardo pocos recuerdos. Uno de ellos, es sin esa valla y con esas vías de tren. Ese paseo, el Anselmo Balaguer, era un solar lleno de tierra y tubos de hormigón en el que jugar y desde el que colocar piedras en las vías para ver como saltaban cuando pasaba el cercanías o el regional. El caso es que mi abuelo, un señor muy delgado y calvo que se llamaba Ricardo, se agachaba y ponía la oreja sobre la vía del tren, para saber si podíamos o no cruzar hacia el campo de naranjos que tenemos al otro lado del camino de hierro, y coger el fruto anaranjado. Y luego, desayunábamos chocolate. Por supuesto, cuando mi iaio hacía eso, tenía muy claro ya si iba a pasar o no el tren; pero él lo hacía, y es de los pocos recuerdos de infancia que conservo claros e iluminados, como, a veces, lo es el mes de marzo. Es tan curioso cómo funciona a veces la mente; qué selecciona y qué no, y vete a saber por qué. Aún no tengo clara la razón de conservar ese recuerdo, filtrado por la luz dorada como una instantánea de Instagram.

Este mes, hablando ya que estamos de luces, me ha traído la lectura de La luz que no puedes ver, de Anthony Doerr. Igual recomendar un Premio Pulitzer, como lo es esta novela, no tiene nada de novedoso ni especial, pero entre sus líneas he leído la descripción más bella de lo que es la radio como medio y su magia. Y ya que hablamos del extraño funcionamiento del cerebro, hay que leer, sobre ese asunto, obligatoriamente, la página 70 de dicha novela. Mel de romer. Si alguien que lee este artículo ha saboreado las palabras de esa página, o lo hace en breve, y no le parece lo más hermoso que ha leído en mucho tiempo… que me lo haga saber. Aunque tampoco voy a discutirle nada, al fin y al cabo, elegir qué nos parece hermoso es de las pocas libertades que nos van dejando. Más o menos.

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