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"La gran apuesta": estamos todos jodidos - Haltermag.com

«La gran apuesta»: estamos todos jodidos

Hace nueve años, cuando yo tenía sólo 22 y aún estaba en la facultad, miraba alrededor, veía las noticias, escuchaba a la gente, observaba la realidad, y había cosas que no me cuadraban. De golpe, todo me parecía desmedido, desaforado, irreal y a punto de estallar. Y vaya si estalló. La economía, digo. Me sucede a veces; olisqueo el entorno, la realidad en la que vivo, y deduzco qué es lo que va a pasar. Imagino que sencillamente veo las señales y las interpreto, que es lo que es la intuición, nada de sextos sentidos ni dones especiales. Como esa intuición no la argumento con datos (gran error por mi parte), pues apenas puedo explicarme, sencillamente deduzco que algo va a ocurrir, y ocurre. Como aquella vez con la crisis de las subprime. Después leí la saga Millenium en la que el periodista protagonista, lanza un breve discurso sobre las falsas bases en las que se asienta la economía y el capitalismo; la especulación. Ni bienes ni servicios, ni empresarios produciendo para crear trabajo, ganar dinero y generar beneficio. Nada tangible, una farsa. Pura avaricia. Después vi Inside Job, ese documental que deberían pasar hasta en los colegios. Y tiempo después, El lobo de Wall Street. Esta semana le ha llegado el turno a La gran apuesta. Y además de salir del cine con ganas de agitar pecheras de camisas mientras grito «¡Daros cuenta, joder!» salí pensando que en mi cabeza el círculo se había cerrado. Entre esas cuatro obras explicaban qué era lo que mi joven nariz olisqueaba entre 2006 y 2007 y no era capaz de explicar. Minutos después puse en en mi Facebook que por favor, nadie depositara un voto más en una urna electoral sin antes haber visto La gran apuesta, y no es una exageración, lo pienso así de verdad.

Es posible que la película de Adam McKay sea una de las mejores piezas que he visto en los últimos años. De hecho, si no fuera porque no ando para muchos dispendios, cogería el coche y me iría al cine a volver a disfrutar de ella. Dentro de mi concepto de narrativa, lo tiene todo. Ritmo, diálogos, estructura, actuaciones y humor. Como he leído en una de las críticas, comedia de la buena, de la que al final duele. No voy a hacer mucho spoiler porque la historia de la crisis financiera mundial de la que todavía no nos hemos recuperado nueve años después, todos la sabemos porque todos la estamos sufriendo en mayor o menor medida. Pero cómo el proceso de esa crisis estafa está contado en la película, me parece magistral. Porque muestra toda la podedumbre en la que el sistema bursátil puede verse inmerso. La avaricia, la estupidez, que serán los dos pecados que llevarán a la especie humana a extinguirse, elevados a su máxima expresión; la de atentar contra miembros de tu misma especie, incluso contra ti mismo. Y encima pavonearte de ello. Como imbéciles, ignorantes y psicópatas, y no se corta en definirlos así.

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No trata la película un tema sencillo, porque está plagado de tecnicismos y puede costar. Para eso, eligen una técnica que a mí siempre me ha parecido una delicia; la de «parar» la película y que el actor se dirija directamente a cámara, hablándole al espectador, y añadiendo texto sobreimpreso si es necesario para explicarse mejor. Didáctica pura en vena. Las secuencias de la explicación a cámara desde el jacuzzi o la de la estrella del pop junto al catedrático de economía jugando en Las Vegas al black jack todavía remanecen en mi paladar. Una delicia. Si la habéis visto o váis a verla, sabréis de qué estoy hablando. Las bofetadas morales que a cuentagotas da el personaje de Brad Pitt (operador bursátil asqueado y retirado) y las que, en una interpretación de las de aplaudir en pie, vomita a pura mala leche Marc Braun, el personaje de Steve Carell, deberían, desde mi humilde opinión, imprimirse en los libros de economía, de política y de historia a partir de ahora. Por si pudiera leerlas alguien que salve lo poco que ya quede por salvar. Christian Bale no se queda atrás, ninguno de los actores lo hace. Pero quizá, para mí, la fuerza de su personaje, que es quien en realidad destapa y empieza todo, se diluye un poco con la potencia de los demás.

Para mí, hay escenas memorables, frases para enmarcar, y razones para partirse la caja de risa y dos segundos después, llorar, si se tiene algo de empatía y de sentido de la moral. ¿Sabéis cuando en mi anterior artículo os decía que sí valía la pena gastarse el dinero en ver Joy? Pues en este caso, os ruego que por favor, lo hagáis. E Inside Job. Para que veáis que al final, estamos en las burdas manos de estúpidos psicópatas.

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