Expediente X: La verdad sigue estando ahí fuera

Me ocurrió algo inesperado cuando volví a ver y escuchar la cabecera y, comentándolo con otras personas, y leyendo otras reseñas, me doy cuenta de que no he sido la única a la que le ha pasado: se me pusieron los pelos de punta. Así que entrada ya la treintena he dejado de sentirme un bicho raro, como me sentía aquellos domingos por la noche, pegada a la televisión, sin que nadie comprendiera por qué a esa preadolescente que era yo, le gustaba tanto ver “Expediente X” en Telecinco. (¡Dios mío, la hacían en Telecinco! ¿Qué ha pasado contigo, Telecinco?). Así que ahora me siento como una friki en una nube. Primero, porque tantos años después comprendo y me encajan cosas, y segundo, porque Expediente X ha vuelto y, de momento, sin perder ni un ápice de la calidad y la identidad propia que la convirtió en producto de culto y desvirgadora (¿esa palabra existe? Si no existe, hay que crearla) de cerebros frikis en ciernes.

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Conservan la cabecera original, que tanto nos marcó a tantos y que tantos aprendimos a silbar, y en su versión española, conserva a los dobladores de aquel entonces. Que sí, que la ficción extranjera es mejor en VOS, pero comprendedme; volver a ver “Expediente X” era para mí un homenaje, un reencuentro con mi friquismo más puro e inocente, y así lo quería conservar. Así que las voces de los personajes han envejecido con ellos, y no sólo no chirrían a los oídos por extrañas, sino que son consecuentes con el paso del tiempo y los cambios que con él vienen.

Quienes también han evolucionado han sido los personajes. En esencia, siguen siendo iguales. Fox Mulder todavía ansía creer, y se aferra a la mínima oportunidad surgida para ello. Pero los desengaños sufridos le han convertido en un ambivalente descreído. Y así vuelve, asegurándole a Scully que su vida se ha convertido en una risa. Dana Scully sigue siendo esa médico pragmática y apegada a la realidad, pero las aventuras vividas como agente del FBI han dejado una puerta eternamente abierta a creer en lo misterioso y ultradimensional. Verla trabajando en un hospital, alejada del oscuro despacho que habitó durante diez años, es tan creíble como ver a Mulder abjurar de todos los casos extraños por los que se interesó, o no terminar de apañarse con la aplicación de un móvil. Así es la vida y así tienen que ser los personajes; imperfectos, fieles en lo profundo, pero volubles y transformables, como lo somos todos. Del resto de personajes importantes, todavía no hemos visto nada como para saber por dónde van a tirar. Pero los dos pilares de la serie ahí están, bien armados de nuevo, para sostener una ficción tan arrebatadoramente alucinatoria como ésta.

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Yo siempre fui fan heterodoxa de Expediente X, es decir, que a mí la trama de conspiración alienígeno-gubernamental que se convirtió en su leitmotiv nunca acabó de interesarme del todo. Yo lo gozaba fuerte con las otras historias, con los casos oscuros con los que día a día tenían que bregar Mulder y Scully para ganarse el pan. Por eso, aunque el paso del tiempo me haya convertido en una atea convencida y hasta militante, y aunque los dos primeros capítulos recuperaban la esencia alienígena de la serie, lo que a mí me ha parecido una auténtica maravilla ha sido el tercer capítulo de esta décima temporada. El del hombre lagarto, o mejor dicho, lagarto hombre. (Aviso de spoiler) La conversación que Mulder mantiene con ese ser en el cementerio, lejos de ser un diálogo chorra y absurdo, es un profundo planteamiento sobre nuestra esencia como humanos y sobre la visión que de la vida y la realidad tenemos. Si se escucha con atención, deja el cerebro vuelto del revés, con cientos de preguntas vitales rebotando en las paredes de la cabeza y una sonrisa de oreja a oreja, porque no daña ni altera, hace cosquillas. Y eso, eso es crema.

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El cuarto capítulo, el del basurero vengador de los sintecho… no sé; tal vez un final tan fácil como inesperado no me acabó de convencer. Pero aún así, sigue siendo esa historia autoconclusiva, entre ridícula y sublime, llena de sentido y fuera de lo normal, como lo fueron muchos episodios marca de la casa. Voy a colgarme el póster “I want to believe” en un sitio visible de mi cuarto, y a dejar que la adolescente alucinada siga disfrutando de este regalo que nos han hecho a los fans de la serie, y a todo aquel que lo sepa apreciar. Porque igual las segundas partes nunca fueron buenas, pero esta décima, de momento, está siendo excelente.

*Bonus extra: disfrutad de las diferentes cabeceras que durante nueve temporadas tuvo la serie de Chris Carter.

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