El primer marciano (porque puede)

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Por Ridley Scott tengo debilidad. “¡Qué novedad!”, pensarán algunos con sorna, porque tener debilidad por su trabajo ni es original ni me hace única. Y aunque el día que acabé viendo su último film mi intención primera era ver en un cineclub “Ciutat morta“, y la segunda opción, “Everest”, al final me vi comprando entrada para “The martian”. Una sucesión de hechos muy ilógica, sí, pero ¡ay, la vida! No sabes nunca por dónde te va a llevar. De esta película me habían llegado tres opiniones, una buena y las otras dos, malas, muy malas. Yo, la disfruté. Como me dijo quien me acompañaba, “No sé qué película vieron los que opinaron para mal, pero desde luego no la misma que yo.” He seguido leyendo críticas a lo largo de estos días, y como en botica, hay variedad; de los que coinciden conmigo, y de los que no.

Poco verosímil, poco rigurosa, poco dramática, son algunos argumentos que he encontrado en su contra. No sé, es ciencia ficción; parte del punto de que ya se envían misiones tripuladas a Marte, cosa que sabemos que será posible pero no fácil ni inmediata, así que ahí ya se saltan el primer punto de verosimilitud. Te están planteando que sucedan cosas que aún no pueden suceder, a mí eso ya me pone sobre aviso de lo que me van a narrar, de qué voy a ver.
Leo quejas sobre que a a Mark Watney, el personaje protagonista interpretado por Matt Damon, le falta drama; a ver, está claro que quedarte herido, abandonado y completamente solo en un planeta desolado, es para volverte loco. Pero, ¿y si esa “locura”, y si la gestión de ese drama personal tan grande, pasa por utilizar el sentido del humor como herramienta de supervivencia? ¿Por qué caer en la trampa de dejar que el personaje se vuelva un dramático sufridor en una situación en la que ya se sabe que lo normal es acabar así? Volverse un intenso cuando tu vida corre peligro, malgastar tiempo, fuerzas y recursos en el lamento y el grito. Pues qué cansancio de historia. Yo siempre he votado por el humor como forma de supervivencia; aligera la carga de los problemas, otorga ánimo y ayuda a clarificar la cabeza para tomar decisiones, y eso es justamente lo que hace el astronauta abandonado. Con la ayuda de la música, de la música disco “mala”, según su apreciación, que la comandante de la misión a la que pertenecía ha dejado abandonada en el módulo marciano.

La historia de Mark Watney en Marte, basada en la novela homónima de Andy Weir (y que pasa desde ya a engrosar mi lista de lecturas futuribles), es la del ser humano y su instinto por sobrevivir. Matt Damon se convierte en el primer colono de Marte, por favor, ¡consigue cultivar patatas en Marte para alimentarse!, es, o no es, esa una acción propia de la grandeza de ese instinto, de esa ansia de búsqueda, de ese no rendirse hasta el final; algo tan sencillo como cultivar patatas, abonándolas con los excrementos dejados por la tripulación en la fosa séptica de la nave. Y lamento doblemente el spoiler, por desvelar un detalle así de la película, y por asquerosillo, pero no puedo callarme ante la grandiosidad que una idea así de simple puede guardar. Los recursos, los conocimientos y la tenacidad del ser humano, puestos a funcionar. Repito, a funcionar a ritmo de música mala, tan mala como pegadiza. Juntar en la pantalla momentos tan duros y dramáticos con música tan ligera, a priori tan poco trascendetal, supuso para mí otra agradable bofetada en toda la boca, contra lo que pueda esperar que me vayan a ofrecer, por convención, en ese momento de la narración. De nuevo, el humor para sobrevivir, para sobrevivir teniendo a la vista el calendario de días que has calculado que te quedan para morir, y con la esperanza de que a alguien, en chorroporrocientos millones de km de donde estás solo, se le ocurra pensar que sigues vivo y comunique contigo, porque tú no puedes comunicar, porque sabes que tus compañeros se fueron dándote por muerto, obedeciendo las lógicas directrices del momento, y seguramente no volverán.

Contrariamente, mientras el primer marciano (que técnicamente es lo que es Matt Damon en el film) sobrevive gracias a sus conocimientos de botánica,  Scott traslada la verdadera tensión a la Tierra, a la NASA, donde una vez se dan cuenta de que hay un hombre vivo y solo en Marte, debaten y discuten sobre si rescatarlo o no. Y trabajan a contrarreloj, como las patatas marcianas de Watney, para llevar a cabo planes locos y milmillonarios con los que arriesgar para sacarlo de allí. Otra vez más, “The martian” habla de una de las grandezas del ser humano (que cuando se pone a enseñarlas, tiene y muchas); abandonar la razón pura, el pragmatismo capitalista de decidir considerando sólo el beneficio que pueda dar la inversión, y lanzarse a mover cielo y tierra por compasión, por humanidad, por responsabilidad, porque sí. Porque es otro de los rasgos que las personas tenemos, por desgracia cada vez más escondido y aplastado.

Todo este proceso, hasta la resolución final en la película, dura años. Años narrados con pulso y con calendario estelar, para hacernos ver, aún más, que estamos ante una situación totalmente alejada de nuestra zona de confort, de nuestras convenciones y de nuestra lógica diaria. Y aún así, puede uno adaptarse y sobrevivir.

Si alguien todavía no ha visto la película tal vez se pregunte si no tiene nada de “acción”, en el sentido más puro de la palabra. Claro que sí, es Ridley Scott, y la trama da, da para escenas de las de clavarte el culo en el asiento y no querer mirar porque sabes qué es lo que va a pasar y que vas a sufrir, pero al final yo miré, miré y me dejé llevar porque sabía que el juego visual que se me ofrecía era en realidad arte visual.

De toda la película, al final, me quedo con una frase que el astronauta Watney consigue hacerles llegar a sus compañeros de misión (que pasa meses volviendo a casa pensando que su colega ha muerto. MESES, volviendo a Tierra. Hablamos de distancias muy gordas que a veces se nos escapan, y lamentablemente, a Marte aún no hay puente aéreo). Decía, que me voy por dónde no toca, de la frase que les hace llegar a sus compañeros: “Todos los días me siento y contemplo el horizonte, simplemente porque puedo”.

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