“Corazón”, novela para poner la conciencia a cabalgar

Mandarlo todo a la mierda y salir como una asceta descamisada a cabalgar. Eso, y una profunda desazón interna es lo que me ha dejado la quinta novela independiente que he leído en lo que llevamos de 2016. Corazón, de Fernando Maremar, ha sido la puntilla que necesitaba mi cabeza en este continuo y doloroso cuestionamiento de todo el sistema productivo y también de valores en el que vivimos, acomodados, cobardes si me apuráis, y claro, me ha dejado tocada y bastante jodida.

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Pero, vaya, cuanto he disfrutado de la dichosa puntilla. Mandarlo todo a paseo y salir a cabalgar. Si supiera cabalgar, claro. O caminar a secas, en espacios abiertos y respetados. Cubrir las necesidades básicas y crecer desde la nada, desde la propia tierra, hacia el firmamente en la cúpula de oxígeno, nitrógeno, helio, dióxido de carabono y argón que, entre otros, conforman la cúpula que nos envuelve y da vida. Comprender y ser más sencillos, sin más. Qué difícil es la sencillez para un ser con una egolatría tan grande como el humano, y cómo repatea muchas veces que nos pongan esa debilidad, que creemos bendición y superioridad, delante.

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La novela del escritor Fernando Maremar (del que ya os hablé un poco cuando brevemente reseñé Mente), agotada en la edición en papel pero disponible en ebook en Amazon por unos más que ridículos 0,99 céntimos de euro, habla de la evolución de las personas, de cómo las circunstancias que vivimos y las personas y realidades que conocemos nos pueden cambiar hasta convertirnos en nuestra antítesis y de las decisiones que se toman con el corazón, con la pulsión básica de la intuición. Ojo, que me estoy poniendo muy mística y parece que Corazón es una novela rollo New Age, un compendio de textos de superación personal y conexión transcendental o un libro de autoayuda, y NO. Es una novela de aventuras, corta además, de lectura ágil, argumento intenso, trama bien hilada y personajes desarrollados y descritos como procede. Una gozada de lectura, vamos. La de Maremar es una historia de indios y vaqueros contada de forma diferente a como se hizo durante mucho tiempo, con una buena dicotomía entre civilización y barbarie, presentada en forma de historia de amor (amor romántico, amor fraternal, amor propio, amor por la Tierra, amor por el progreso, amor por el dinero, amor falso, amor interesado…) que consigue, sin ser maniqueísta, presentar una realidad del pasado que en una práctica blanca de supremacismo, nos presentaron deformada y hasta edulcorada. La realidad del tendido ferroviario siendo construido para atraversar y conquistar Norteamérica por el blanco, mientras el indígena se veía desplazado, despreciado y robado por unos colonos ansiosos por expandirse.

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La Union Pacific en plena construcción

Digo sin maniqueísmo porque, aunque hay (o al menos a mí me lo ha parecido), una ligera inclinación favorable a la cultura de los nativos americanos, no hace reparos en describir los problemas, batallas violentas, diferencias y defectos y debelidades que los diferentes pueblos indígenas tenían entre ellos y consigo mismos. Cosas de la evolución, de la Historia, que siempre parece haber sido así. Sin embargo, más allá de cuestionarme el “progreso”, (que a mi entender es algo inevitable, innato en el ser humano y que cualquier otra especie que hubiera evolucionado hasta el punto que lo hemos hecho nosotros, hubiera llevado a cabo), me ha llevado a cuestionarme el tipo de “progreso” en sí; sus fines, y los modelos y caminos establecidos para alcanzarlo; ¿realmente es necesario devorar para expandirse, aplastar sin respeto ni conocimiento, arrasar con todo para mantener, qué, qué sistema? Como reflexiona el señor Wilson, el ingeniero que trabaja febrilmente para una compañía ferroviaria en la construcción de la línea de tren y que protagoniza, junto a su hijo, la novela, ¿para ser feliz en fechas marcadas, para llegar al sábado noche deseando unas gotas de alcohol que nos hagan olvidar que casi todos los kilómetros que recorremos los hacemos de casa al trabajo, de ahí al bar y de ahí otra vez a casa? ¿Colocarnos máscaras de maquillaje y falsedad, comprar, vender, poseer, una casa más grande, un coche más veloz, más ropa, más trastos inútiles con los que decorar los rincones de nuestros hogares? ¿Y ya? Pues vaya mierda, todo vacío al final.

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Guerreros Sioux, nativos americanos que aparecen en la novela

El tema es que el señor Wilson es un neoyorquino de estos que se piensan que más allá de Manhattan solo hay o patanes o salvajes (y que al parecer ya existía en el siglo XIX) que trabaja como ingeniero y que enviuda cuando su mujer muere en el parto de su único hijo. El señor Wilson decide volcarse en su crianza, pero como es un hacha como ingeniero, le acaban contratando en una de las dos compañías ferroviarias que en una absurda carrera compiten, explotando a sus trabajadores, en construir la línea de tren que conecte el este con el oeste de unos incipientes Estados Unidos de América. El señor Wilson cree en su trabajo, en la necesidad de llevar el progreso y la civilización, de la superioridad de “su país”, y le caen fatal los indios. El hijo, pues es listo, bueno, cariñoso, pero tímido y con una rareza; disfruta de abrazar árboles. Está claro, en este punto, que cada uno representa un componente de esa dicotomía, y que algo sucederá que en cierta manera los aleje y los enfrente, y que consiga que el señor Wilson, trabajando ya en el “salvaje oeste”, odie cada vez más a los nativos, a la par que, sin darse cuenta, comience a conocer más de ellos y su situación. Cuando una novela te entretiene y te remueve la conciencia a la vez, lo tiene todo; eso pasa con ésta.

*Bonus extra:

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