Mar de plástico cierra temporada

Yo digo que Marta no está muerta. Empiezo por el final porque imagino que todos los que vieran este último capítulo de la primera temporada de “Mar de plástico” se quedarían más o menos como yo: boquiabiertos ante el hallazgo de Salva en su rato libre ciclista; el cuerpo de la funcionaria del Ayuntamiento de Campoamargo ensangrentado, inconsciente y medio retorcido dentro de un contenedor lleno de lechugas desechadas de los viveros de Juan Rueda. Desde aquí lanzo la apuesta, Marta no está muerta, porque sino, pobre Héctor, ¿no?.

La serie que, para mí, empezó inspirada en los sucesos de El Eijdo en febrero de 2000, con toques de “True detective” e “Isla mínima” terminó su primera temporada el martes 22 de diciembre desvelando al asesino de Ainhoa y dejando en el aire una nueva incógnita, un nuevo crimen, en el que, suponemos, se centrará la segunda temporada. Así que repiten la premisa que ya llevara a la televisión aquella mítica “Twin Peaks” y que enseguida nos vino también a la cabeza. ¿Quién mató a Laura Palmer? ¿Por qué la joven apareció asesinada y en una bolsa de plástico,a orillas de la playa de un pueblo pequeño y peculiar, y ya en el primer capítulo? Y desde ahí, el desarrollo. Si ese misterio, en el caso de “Mar de plástico” ya está resuelto antes de que acabe la serie definitivamente, como fue también en la serie estadounidense, eso sólo puede significar dos cosas: o que el misterio no está cerrado del todo, o que uno nuevo se cierne sobre Campoamargo, que pasará a convertirse en una especie de centro telúrico de asesinatos y otros sucesos sádicos y luctuosos (por cierto, qué palabra, me encanta, luctuoso, qué sonoridad) y por tanto, cogerá el testigo de otras ficciones en las que, no cada capítulo, sino cada temporada cuenta una historia diferente. Ojalá, me encantan las series que hacen eso, creo que se queman y desgastan mucho menos.

Sobre la revelación del asesinato… qué se puede decir. Ya habíamos sospechado sobre absolutamente todos los personajes de la serie; yo creo que excepto Héctor, y su compañera de cuerpo Lola, todos tenían algún motivo para acabar con la hija no reconocida de Juan Rueda. El giro final, que el asesino fuera Fernando Rueda, fue bueno; aunque olía a culpable desde el primer capítulo, la verdad. Lo que no me cuadra es su motivación. Creíble, pero retorcida para mí: un chaval de veinte años que llegó de bebé, que no conoció ni a sus padres ni sus orígenes, se entera de casualidad de su verdadera historia familiar y sin ton ni son decide vengarse, además de forma rocambolesca, torturando y asesinando a alguien inocente, para hacer sufrir y encarcelar de rebote a aquel que es el objetivo real de su odio, su no-padre, Juan. Eso sí, la interpretación de los dos Ruedas, padre hijo, Pedro Casablanc y Patrick Criado fue brutal. Si al tramo más intenso de la persecución le hubieran quitado acción para añadirle más drama, le hubieran quitado el sonido real para añadirle música instrumental, habría resultado fetén. Eso sí, debtro de mi cabeza.

Se cierra entonces la primera temporada de una serie de la que se podría decir, resumiendo, que ha aguantado el tirón y en los dos últimos capítulos se ha venido arriba. Reconozco que a mí a partir del tercer capítulo me desenganchó. La trama se lió a la par que perdía fuelle y gancho, y Jesús Castro, que de momento parece que el único gesto que sabe realizar como actor es apretar las mandíbulas y entrecerrar los ojos para hacerse el intenso. Que alguien pula el arte dramático de ese chico pero ya, PAR FAVAR.  Sin embargo, “Mar de plástico” ha guardado elementos suficientes en el bolsillo como para retener una buena audiencia y las ganas de resolver las dudas y el misterio hasta el final. Y la fotografía, la iluminación, los planos. Las ganas de ser una de esas series que esta temporada han roto por fin la maldición de lo blanco, de la normal mediocridad en la televisión española. La búsqueda de cierto grado de narrativa y calidad. Eso a “Mar de plástico” no se le puede negar. Como no se le puede negar a Rodolfo Sancho que, aunque ya de repetido haga gracia, nadie como él se quita las gafas de sol a lo Horatio Caine. (Y aunque falle, recuerdo y dejo aquí mi apuesta: Marta no está muerta).

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