Sobrevivir a la Navidad

Mi cerebro me hizo la trece catorce al leer los avances, y pensé que esta semana conoceríamos, en el penúltimo capítulo de la primera temporada de “Mar de plástico” al asesino de Laura Palm… perdón, de Ainhoa. Aprovechando esa percha, iba a escribir sobre dicha serie, pero ¡no! Me confundí totalmente, y será el martes que viene cuando el misterio se revele. Así que me veo obligada a cambiar un poco el calendario, y como, total, ya estamos todos navideños perdidos y en apenas unos días comenzarán esas fiestas, escribamos sobre ellas. Sobre cómo yo sobrevivo a ellas.

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No voy ahora a dármelas de posmoderna, ni mucho menos de Grinch, y no me voy a poner a rajar de la Navidad tirando de tópico. Sencillamente, y quienes me conocen lo saben, son unas fiestas que no disfruto mucho. Con las que no estoy cómoda. Que cada año que pasa me creo menos. Y que si las vivo y “celebro”, es por no convertirme en una paria de la sociedad. Y por mis padres, mi hermana, mi sobrino y mis tíos. Y ahora que ya os he abierto un poco mi corazoncito, procedamos. Aquí os dejo mis trucos para sobrevivir a la Navidad. En forma de lista, ya veréis, al final acabaré completamente rendida a esa moda que tanto he criticado. Bueno, va:

1- La comida. A todos nos gusta; en mayor o menor cantidad, seas omnívoro, vegetariano, vegano o crudivegano (lo siento si aquí me dejo alguien por enumerar, si hay más modalidades alimenticias, las desconozco…). Nos gusten los platos tradicionales navideños, lo de toda la vida, tirar la casa por la ventana, tirar de lo sencillito, o innovar. Además tengo la teoría de que si a una persona no le gusta nada, nada, la comida, esa persona no es de fiar. La Navidad nos da la oportunidad, no ya de cebarnos como si no hubiera un mañana sin remordimientos (que eso es algo que deberíamos revisar como sociedad), sino de disfrutar de paladear platos especiales, sabores con poso, con pasado y elaborados. Cuando empiezas a tener cierta edad, cada bocado de una mesa navideña puede convertirse en una madalena de Proust. Dejaos embriagar y llevar por esa sensación. Y si además sois cocinillas, disfrutad dándolo todo en la previa. Con vermut o copita de vino y música a toda castaña mientras elaboráis.

2- Los pequeños de la casa. Y eso, este año, puede ser un recurso VITAL. Ya que este año, nos sentaremos entorno a la mesa, ¡justo después de unas elecciones generales! Chan chan chan chaaaaaan. Y además, ¡qué elecciones! Unas elecciones que van a dejar un panorama político tan tumultuoso como apasionante (las mayorías absolutas, reconozcámoslo, son muy aburridas). Cuando tenemos cierta edad, otra vez…, empezamos a encontrarnos con disparidad de opiniones en esas comidas. Con diferencias casi irreconciliables sobre cómo se percibe la realidad, y la concordia y la paz que se le presuponen a la Navidad pueden correr peligro. Ha llegado el momento, amigos, de tirarse a la alfombra a jugar con el sobrino, nieto, primo… de picarse con él en algún videojuego, de hacer alguna guarrería en la mesa, tipo soplar la pajita dentro del vaso y crear burbujas que manchen el mantel, o de ponerle alguna de tus películas preferidas de la infancia y sentir que estás iniciando al renacuajo en la fascinación por el buen cine y las buenas historias. “La historia interminable”, “Los Goonies”, “Sólo en casa”, “ET”, “Mary Poppins”, “La princesa prometida” o “El Guardián de las Palabras” siguen siendo buenos recursos. ¡Ah! Y haced todo esto, incluso aunque no haya ninguna diferencia de opinión en la mesa; dadles a los pequeños la oportunidad de creer en esa magia especial, que ya la vida se encargará de los palos posteriores en general.

3- Esto me lleva al siguiente punto: las pelis. Hay gente que no soporta la programación cinematográfica de Navidad. No me hayo entre ellos; como con la comida, te da la oportunidad de volver a disfrutar con esos filmes que despertaban tu imaginación y te emocionaban a la par, hasta el empacho y sin sentir remordimiento alguno por estar disfrutando ante una historia, como lo hiciste con muchísimos menos años. La prueba la tenéis en mí, que el año pasado le puse a mi sobrino “La Historia Interminable” y el berrinche que cogí, de nuevo, con la muerte del caballo Ártax en los pantanos de la tristeza. Ay.

4- Las compras: ¿Qué? ¿Una razón muy consumista? Como si la Navidad no fuera consumista ya casi por definición. Pero para esas fechas hay compras que se hacen con ilusión; por decorar, por regalar o por jalar. A mí uno de los pocos momentos que me gustan de verdad de la Navidad, es ir con mis padres la mañana misma del día 24 al Mercado Central de Valencia. Qué explosión y qué delicia de… de todo. Disfruto con 31 años igual que con 12, con 15  con 20. La diferencia es que ahora, además, lo tuiteo, feisbuqueo e instragrameo. A las compras le sigue la decoración, la ilusión por las luces, que alumbran esta porquería de largas y oscuras noches del invierno, o por arreglar bien la casa y la mesa. Luego puedes hacerlo con estilo y a la moda, o como es mi caso… pues eso sin estilo. Pero pasártelo bien igual, ¿sabéis por qué? Porque ese, igual que pensar los regalos, o elaborar la comida, es un momento de intensa y libre creatividad. Y pocas cosas hay que endulcen tanto la vida del ser humano y le apasionen más, que la capacidad de crear.

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5- Family and friends: te juntas con ellos, a veces con gente a la que no ves más que un par de veces al año, a veces con gente a la que ves prácticamente todas las semanas. Pero siempre hay algo que contar, o eso espero. En realidad la cordialidad, la confianza y la fraternidad son exactamente iguales que en cualquier otro momento del año. Pero todos vamos más guapos, y existe la posibilidad de un divertido amigo invisible por medio, que también da mucho juego.

6- Y la última, ¡hay mogollón de motivos para hacer mogollón de fotos!

Así que, si no tienes presupuesto para pegarte un viaje a la Patagonia o a las Seychelles, ya sabes, no te queda otro remedio, busca tus motivos y disfruta de la Navidad.

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