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La distancia (de rescate) - Haltermag.com

La distancia (de rescate)

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Me da rabia escribir esto cuando La distancia ya ha pasado por Valencia en su, de momento, única representación, que hizo las veces de cierre de la primera edición del fantástico festival con el que los valencianos nos hemos encontrado este mes de junio, el Tercera Setmana. Porque si aún estuviera en cartel, esto que escribo sería para deciros uno de mis rotundos sí: sí, os aconsejaría ir a verla; sí, os aconsejaría dejaros atrapar por la extraña atmósfera que con tan pocos elementos la compañía y el director construyen; sí, os aconsejaría que disfrutárais pasándolo mal con una historia dura, muy real, con muchos matices por donde cogerla, y contada de una manera tan original que deja el cerebro torcido. Con esa capacidad tan propia (o al menos yo se la encuentro) que tiene la narrativa suramericana de dejar caer bombas en los cimientos del lector/espectador con sensibilidad, como si estuviera contando historias de otra dimensión donde otros sucesos son posibles, con figuras propias de otros mundos, con sutileza y fuerza a la vez. Vamos, lo que para mí, cuando lo descubrí, supuso viajar por las páginas escritas por las plumas del Realismo Mágico.

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Porque leer la novela de la argentina Samanta Schweblin, que el director de teatro Pablo Messiez ha pasado a escena sobre tablas, ha sido precisamente eso; regresar a las sensaciones encontradas y a los viajes astrales entre letras, que disfrutar de las obras enmarcadas dentro de ese estilo (el Realismo Mágico) me provocaban. Seguramente Distancia de rescate no cumpla con las características de esa corriente literaria; seguramente cualquier crítico o especialista me daría de collejas al leerme esto. Pero hablo de puras sensaciones, de algo no definible ni clasificable; de bagaje propio mezclándose y volviendo a la memoria cuando un elemento, como esa novela y esa obra de teatro, hacen saltar de nuevo ciertos resortes internos.

Me planté en el teatro (fue en El Musical, en el Cabañal) con mucha curiosidad por ver cómo Messiez y Bacantes Teatro habían adaptado una novela como Distancia de rescate, con varios escenarios y todos ellos muy abiertos y variados (caballerizas, campos de soja, carreteras, arroyos, calles de pueblos, el interior de un coche, salas de hospital) a una obra que, por lo que había visto y oído de ella, contaba con un decorado bastante austero. Y cómo hacían para narrar una historia que se cuenta en dos tiempos diferentes, y que con tensión, con mucha tensión, se entremezclan por momentos. La sencillez, la presencia de elementos identificativos y representativos, y el juego de luces y de sonido ambiente, han sido la forma de conseguirlo, dejadme decíroslo así, magistralmente. Como magistrales me parecieron las interpretaciones, todas: la de Fernando Delgado reptando como un bicho raro e intentando hacer comprender la situación a María Morales, que navega de recuerdo en recuerdo para intentar ver qué es lo que la está matando, a ella y a su hija, interpretada por una Estefanía de los Santos que además hace doblete en la obra, y que conforma en su otra papel, el de curandera de energías, y junto a Luz Valdenebro, la extraña fauna de un pueblo agrícola que ve su vida marcada sin remedio por la toxicidad de los cultivos de soja. Porque Distancia de rescate y La Distancia hablan de una intoxicación mortal (no, no os estoy abofeteando aquí con un spoiler, eso es algo que se sabe desde el primer momento), y con un leit motiv tan doloroso y sencillo, recorre otras emociones humanas como el anclaje en las supersticiones, la fatalidad de la vida en ciertos lugares que parecen marcados por siempre, la resignación, el terror a que las cosas se vayan de nuestro control, las relaciones familiares y la búsqueda del sentido del ser. Fantástico ese monólogo final de Estefanía de los Santos como una Nina crecida ya, pero perdida y desconsolada aún.

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Buscaba Tercera Setmana un buen broche final para su primera edición, y lo ha encontrado. Buscaba Bacantes Teatro una obra y un director con los que estrenarse como compañía, y buscaba Pablo Messiez alguien en y con quien contar la historia de su compatriota Schweblin. Buscaban todos sencillamente contar una historia, más allá de denuncias sociales (aunque por el mismo argumento, las hay), lejos de conceptualidades (aunque por cómo está narrada la historia, las hay), lejos de convencionalismos; y desde luego de eso, no los hay.  Y provocar, lo que fuera, en el espectador, con la narración. Y lo consiguen. La novelista, el director, la compañía.

Ya os lo he dicho nada más empezar esto, y os lo repito. Si tenéis ocasión de leer la novela, si se repite la oportunidad de ver su adaptación al teatro, corred. A por todo. Rotundamente.

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