“Freeheld”; la película desinfla el argumento

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En un año marcado por un montón de estrenos de películas LGTB, Freeheld se presentaba en los mentideros (o redes sociales ahora) como uno de los caballos ganadores en las salas de cine. Lo tenía todo; una historia real potente, una reivindicación aún actual, un muy buen marco, más que resultón, para rodar, dos pedazo de actrices protagonistas; una ganadora de un Oscar que además ya había interpretado a una lesbiana anteriormente, Juliane Moore, y a una joven Ellen Page que hace nada salió del armario, y una serie de secundarios conocidos por el gran público y con garantías de calidad. Todo, lo tenía todo para petarlo. Y no lo ha hecho; Freeheld se va desinflando poco a poco, conforme pasan los minutos de metraje, sólo sostenida por las interpretaciones de Moore y Page, que entre tanta reivindicación mal explicada y casi vacía, parecen quedarse solas con el drama, dramón, que realmente están viviendo sus personajes.

Si no conocéis la historia, os pongo un poco en antecedentes antes de explicaros; Laurel Hester es una sacrificada y comprometida policía de un condado de Nueva Jersey, bastante dentro del armario, por cierto, que se enamora de Stacie Andree, una jovencita tirando a nini, nada dentro del armario, y que acaba encontrando su lugar en el mundo junto a la inspectora. Todo bien, se van a vivir juntas y la cosa más o menos fluye, como en cualquier pareja, hasta que a Laurel le detectan un cáncer prácticamente fulminante. Laurel quiere que su pensión de trabajadora pública vaya a parar a su pareja, en caso de fallecer. Como sería de justicia ya que su relación está formalizada ante la ley, ha cumplico con su comunidad y al fin y al cabo solo pide lo que a cualquier otro trabajador público se le daría. Pero como es homosexual, su pareja es otra mujer, no están casadas, sino que son pareja de hecho, y el tema aún no está bien visto, se desata el conflico; le niegan tal derecho y comienza la lucha. Una lucha que podría haber sido dramática, intensa, profundamente reflexiva, políticamente incorrecta y contradictoriamente humana, y se queda en nada. En mero telefilm, le he leído a muchas críticas, haciendo referencia a esa forma de contar una historia pasando por encima, atisbando pero no mostrando, queriendo remover pero sin acabar de molestar, de ni siquiera tocar apenas ninguna fibra. Freeheld tiene tanta buena materia para ser un peliculón sobre las luchas sociales, el amor, y la moralidad humana, que decepciona que al final apenas debata sobre nada. Hay un conato de conflicto entre el activo militante gay que ayuda a la pareja de mujeres y ellas, porque conciben de forma diferente qué es lo que están reivindicando; un hilo del que tirar que introduciría a través de unos cuantos diálogos al espectador en ese dilema, y se queda en nada. Hay un par de buenos momentos discursivos entre los “propietarios”, los políticos locales encargados de tomar la decisión en cuestión, que parece que van a arrancarse en algún argumentario de empaque y calidad, y se quedan en nada. Hay bellos momentos de la pareja, mirando al mar, charlando sobre la vida en un muelle por la noche, jugando con su perro… en los que se podría mostrar la belleza y la normalidad de una pareja enamorada, sea del sexo que sea, y se quedan en nada. Hay personajes secundarios con potencial, como la madre de Stacie, la hermana de Laurel, el policía gay reprimido, el político local a favor de la reclamación, el periodista local que destapa la historia… y se quedan en nada. Diluidos en una fórmula ligera de contar la historia, entre cuatro manifestaciones chillonas y molestas, tan necesarias en la vida real y en un caso como el de estas dos mujeres, como mal dirigidas e interpretadas en la película. Nada.

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Freeheld acaba cumpliendo la papeleta, insisto, porque la historia tiene chicha y porque algunos actores que en ella aparecen la salvan, pero pasa y pasará sin pena ni gloria. Al final van a tener razón los que hablan de ella como un telefilm, y me atrevo a decir, aún a riesgo de recibir tomatazos y cuchilladas por ello, que si en lugar de contar la historia real de amor entre dos mujeres, la narrara sobre un matrimonio heterosexual, ni siquiera se habría estrenado en el cine, y habría acabado sazonando nuestras siestas de fin de semana después de comer. Una lástima desaprovechar tan buen material, y tan buena oportunidad. Pero, eh, aún así, si podéis, por Moore y por Page, por volver a ver a Will Gardner (y también Knox Overstreet, para los viejóvenes nostálgicos como yo) y por la lucha que Laurel Hester y Stacie Andree comenzaron y sufrieron de verdad, hace no tanto, en un país avanzado, y de la que hoy en día, muchos nos podemos aprovechar.

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