“El hombre de las mil caras”. Trileros y espionaje patrio

Así como a muchos no les gustan, por falta de acción, yo tengo debilidad por las películas de espionaje político, guante blanco y tramposos y delincuentes de alto caché. En esta categoría se enmarcaría El hombre de las mil caras, la última de Alberto Rodríguez (Grupo 7, La isla mínima) en la que se cuenta no la persecución y detención de Luís Roldán, no, sino como un tal Francisco Paesa engañó, aprovechando la coyuntura, a todo el mundo (Estado español, Policía, amigos, familia, al propio prófugo Roldán, espías, mafiosos, matones…) para enriquecerse ilegal e inmensamente.

Y para vengarse de un Estado que le había utilizado y tirado después a la cuneta. Siento el spoiler, si es que puede considerarse como tal, ya que al espectador se lo explican en los primeros minutos del metraje, y además, es una historia real, que ya todos con cierta edad y memoria conocemos, y con la que muchos, de alguna manera, perdimos la inocencia con respecto a la confianza en la clase política, en el poder y en el Gobierno de cualquier color, de cualquier nación.

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Me gusta que se trate este tema en una película. Siempre he echado de menos que en España no se realicen más films y más series tratando temas históricos pero de cierta actualidad; con la cantidad de material que tenemos disponible, desde la Transición hasta ahora, y no sólo en material político o criminal. Ya va siendo hora de quitarse complejos y de explicar y también ficcionar ciertos temas; siempre he creído que la mejor forma de demostrar que un asunto está superado, es poder jugar a narrarlo, hablar de él, incluso, bromear con él, y esto, Alberto Rodríguez y todo el equipo que hay detrás de El hombre de las mil caras, lo hace. Me gusta la fotografía de Álex Catalán y la música de Álex de la Rosa; le dan un empaque y una credibilidad sublimes al resultado final de la obra, hacen placentero su visionado. Me gusta, me encanta de esta película la actuación de Eduard Fernández como Paco Paesa, la de José Coronado como su esbirro más cercano (y como narrador de la historia) y la de Marta Etura como mujer de Luís Roldán. No acabo de creerme, no obstante, precisamente al Roldán de la película; creo que le falla la caracterización (yo lo recordaba menos joven y menos “aparente” y esa calva no es creíble…) y creo que falla también en mi memoria personal, porque la imagen que dan de él chirría respecto a la que mi joven cabeza, hace tiempo ya, se formó sobre aquel director general de la Guardia Civil. Para mí, Roldán nunca habría mostrado la debilidad y la humanidad que acaba mostrando el de la película, e imagino que al final, esa imagen del sujeto se ajusta más a la realidad que la que mi mente fantasiosa conformó. Y me gustó el uso de pequeños paréntesis, de explicaciones rotuladas y de material documental real (vídeos de los informativos televisivos de la época) para introducir y explicar la trama en su totalidad. Me recordó a la forma de hacerlo que utilizaron en La gran apuesta, y que ya alabé, allá por el mes de enero, aquí.

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Hay algo que falla, sin embargo, en la película, algo que hace que no alcance el sobresaliente total; una pequeña falta de ritmo que no llegas a identificar en momentos concretos del film pero que sí que se va quedando en la cabeza del espectador como un poso silencioso durante su duración. Tal vez, dado que esa historia ya está contada porque sucedió de verdad, hubiera convenido hacernos cómplices desde el primer momento de todas las tretas de Paesa, y no dejarnos medio confundidos por momentos, como si fuéramos una víctima de sus estafas más. Pero, en resumen, una película que, para mí, solidifica la trayectoria y el estilo de un director, y que espero que comience a inaugurar un género por el que el cine español se pasee y prodigue más.

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