Diana Navarro deja tiritando el Teatro Romea de Murcia

3 de diciembre.

Centro, origen y contexto.

Es de noche. Murcia está preciosa. La gente invade las calles. Y yo, casi por inercia, sigo el aroma a Andalucía que me conduce hasta el Teatro de Romea.

Citas, puertas y fronteras.

Las casualidades no existen. Esta concentración de desconocidos que me rodea y yo vamos a la misma cita. Especial, cercana y sincera; el cálido salón que se dibuja al fondo de la sala y que alcanzo a ver desde la puerta principal del teatro corrobora el carácter de nuestro encuentro. Se avecina una cita inolvidable.

Una voz de la nada rompe y calma el murmullo. La platea termina de acomodarse, los balcones oscurecen. Ya nos hemos quitado los abrigos, en cueros los cuerdos nos entendemos mejor.

Silencio.

Pasos.

La corte de virtuosos querubines entra al salón asumiendo su lugar en el espacio. Los instrumentos despiertan. La aguja del tocadiscos está a punto de besar la superficie.

-Cierren sus paraguas, la tormenta está a punto de romper y, admitámoslo, hemos venido a calarnos.

Diana Navarro entra, se sienta frente a un espejo que ocupa la mitad interior del salón y entona los primeros versos del tercer tema del disco, Yo me voy a querer. Bonita elección para abrir boca.

Diana Navarro

Tras el primer trueno, Ni siquiera nos quedó París, Olivia Ovidia y Los niños, no componen el primer tercio de una Resiliencia que en directo aborda, atrapa, cautiva y atrae a través de los matices existentes en los dominios de más allá de las fronteras del soporte digital. Diana Navarro sabe manejar su garganta y, también, el resto de su cuerpo. Su lenguaje gestual apoya sus letras y el mensaje de éstas se hace más sencillo e inmediato para un público que agudiza la empatía; puedo notarlo entre mis compañeros de fila, de sector y vecinos de arriba. Porque sí, observar al público también forma parte del compendio.

No te olvides de mí, como si fuera posible hacerlo. Diana rescata y el público fiel agradece. Recordar, recoger, revolver.

La tormenta comienza a caer, os lo juro, cae. El techo del teatro titila. El corazón se empapa. Late la impaciencia.

Desnudo, el relámpago aparece desnudo y canta, ahora todos andamos en cueros. La conversación se está poniendo jodidamente interesante. Ya no solo late la impaciencia, también lo hace el corazón. Reconocer la derrota y querer desconocerla al mismo tiempo nos hace humanos y nos desviste con cuidado o sin él.

Diana Navarro

Los dibujos de Darifé (@davidrivasfer), conocidísimo ya por sus colaboraciones en Haltermag, acompañan y abrazan algunos de los temas de la malagueña.

 

Ahora sí, atentos. El Perdón concentra las nubes y durante sus compases la lluvia se vuelve alfiler, cae doliente, araña, penetra y abre herida. La voz de La Navarro arrasa y conquista la sala. Mantiene la nota y, mientras, se hace día, vuelve la noche, pasa el otoño, el invierno, las estaciones, los años, el tiempo se acelera y, ¡joder!, todo en apenas unos segundos. Debo estar a punto de morir, lo debo estar. El público, en pie y tremolando, chorrea aplausos. La ovación es enorme. Semejante belleza inabarcable merece un aplauso eterno.

Diana Navarro

El tiempo se relaja y deja paso a la picaresca. Bienvenido seas, cuplé.

Acoplamos las caderas con Haz conmigo lo que quieras y defendemos con cañones de artillería la <<Guerra Sana>> simplemente porque sí. Lo cierto es que a pesar de toda la metralla, Diana nos concede una tregua con este simpático bloque que lo termina una Revolución del amor sincero bastante hawaiana.

Diana juega y crece y esto es prueba de ello.

Diana Navarro Diana Navarro

Resiliencia se estira con grandeza, abraza y sorprende. Diana, sorprende.

Cuando escribí la reseña del disco hace medio año os decía que Diana Navarro es una artista en constante transformación y, ahora, con el tiempo, en directo y ella de extremo a extremo del salón con la capa de superheroína puesta y desafiando el equilibrio, ratifico y reitero.

Diana Navarro atraviesa, canta, baila, sonríe, llora, vive, interpreta, estruja y empuja.

Homogeneidades.

Si en la teoría Resiliencia es una joya, en la práctica y sobre el escenario no hay palabras.

Angelito de Canela y Eres tú dan paso a un final electrizante. Sabores distintos, sonidos diferentes.

Trazo a trazo, voz a voz. De cero a cien. No hay suficientes estepas en el mundo para darle cabida a los caballos que relinchan canción a canción tras las cuerdas vocales de la malagueña.

Occidente anochece infranqueable mientras aúlla la loba bajo la oscuridad del paraíso, hogar para darse la mano bajo y sobre el mantel. Y sola, y solamente con su voz, Diana acepta, ama, contagia y levanta, de nuevo, al público de su asiento.

Diana Navarro Diana Navarro

La tormenta exprime sus últimas gotas. Sólido, líquido y gaseoso. La Navarro es agua y pasa de un estado a otro con facilidad y gallardía.

Magia. Concierto inolvidable. Diana Navarro deja tiritando el Teatro de Romea y sus inmediaciones. El público abandona sus asientos maravillado.

A tus pies, Diana, a tus pies.

Diana Navarro

Después de esto, todavía hay muchas cosas que me quedan por decir pero, casi es mejor que las descubráis por vosotros mismos si tenéis la oportunidad de presentaros a alguna de las citas que todavía le quedan pendientes a la artista en nuestro país.

No dudéis. Regalaos la oportunidad de sentir, principio imperativo de esta gira. Yo, por defecto, tengo claro que volveré a tropezar con este temporal.

Para terminar, y perdón por este despliegue casi inacabable de crónica, quiero dejaros con una frase de la película American Beauty que me emociona siempre que escucho y que encaja perfectamente con el sentimiento del “yo” que salió el sábado pasado sin abrigo del Romea después de casi dos horas de amor infinito:

A veces hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, como si mi corazón fuera a caer.

Diana Navarro

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