Mariola y libertad

Hay lugares que se te quedan clavados en la memoria. En la cabeza y en el alma. Eso es lo que a mí me ha pasado con la Sierra de Mariola, antes de hecho de pisarla y conocerla en vivo, y a pesar, además, de sólo haber estado un par de veces en ella. Porque hay lugares que tienen algo que te hace saltar resortes internos. Provocan en tu interior un extraño sismo de carga genética, sacan a la luz memoria no advertida, no conocida. Descargan una energía indescriptible dentro de uno mismo, y cambian, además, las energías internas.

Yo, ya de pequeña, con aquella colección de Ecorutas de la Comunidad Valenciana que sacara en fascículos el diario Las Provincias, sentí ese algo indescriptible y extraño, tan irracional que ni se le pueden poner palabras, al ver las fotos y leer datos sobre algunos lugares. Uno de ellos, repito, era la Sierra de Mariola. Majestuosa, grandiosa. Tan cerrada como abierta, verde, acogedora. Con una carga histórica abrumadora y, como pasa en los sitios especiales y auténticos, con una sociología particular y muy propia; con su acento inconfundible y su paisanaje. Hay lugares que se te quedan en la memoria clavados, y cuyos habitantes, pueblos, construcciones, costumbres, quehaceres, vidas y futuro conforman una suerte de mini civilización propia, englobada, sí, en otra mayor y más generalista, pero con rasgos distinguibles y perdurables en el tiempo. Reconocibles.

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Toda esa sensación es la que se recoge en el documental que la productora Documentart presentó el mes pasado, sobre dicho cachito del territorio valenciano. Mariola, serra de llibertat es un recorrido, visual, musical y testimonial por la arqueología, el léxico, los horarios, la fauna, la historia, las personas y sus proyectos, de los pueblos que conforman la Sierra de Mariola. Pueblos, barrancos, fuentes, flora, cielos, castillos, senderos y libertad. Un tipo concreto de libertad; la del que busca los horizontes despejados y el aprender a vivir en un lugar tan concreto y pequeño como inmenso y eterno. Porque si algo tienen elementos y paisajes como el mar o las serranías, que durante tanto tiempo han atraído como imanes a una parte de la humanidad, es precisamente esa sensación de eternidad. Tal ves sea esa la definición de la indefinible pulsión en las entrañas que lugares como Mariola me hacen sentir.

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